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La industria de la lástima, inmigrantes y Ana Frank

Por: Rómulo Hernández

Argenpress 05/11/2007

Era todavía un niño cuando empecé a aborrecer a quien tanto daño le hizo a mi heroína de entonces, Ana Frank. Detesté a Adolfo Hitler como si yo fuese el propio señor Otto, el papá de Anita. Mi aprensión crecía cada vez que descubría en el cine o la televisión las casas con buhardillas. Me imaginaba el dolor escondido en esas casas victorianas. Bien lejos de las cuadraditas viviendas y calles polvorientas del pueblo donde nací. Los libros, el cine y la TV inyectaron su historia en mis sentimientos de tal manera que me hicieron llorar su pérdida, como si se tratase de la prima hermosa de la cual alguien siempre se enamora.

Hace poco recordé a Ana. No porque algunas ciudades de California (EEUU), se presentaran orgullosas con sus áticos como Amsterdam, la ciudad donde se tuvo que esconder Ana Frank de los nazis. Más bien por lo del refugio obligado. Por ese terror a salir y ser apresados que tantos hermanos, inmigrantes hispanos comparten en este momento.

Lo peor es que no es nuevo. A Silvia, la hermana de Emiliano, no hay quien la convenza de salir a la calle desde hace un año, cuando salió de Tamaulipas (México). Habrá sido tan cruel lo experimentado durante la travesía fronteriza, que no ha querido ni contárselo a los pocos familiares que tiene regados por el Área de la Bahía.

Manuel, el vecino hondureño lloró hasta más no poder al recordar las caras de sus dos hijos cuando los dejó en San Pedro Zula. Por ahora se conforma con pegar sus retratos en el armario que alquiló por 155 dólares. Un 'walking closet' como les mencionan en los programas sobre remodelación de viviendas tan en boga en la TV:

-Al menos el closet me da la intimidad que el albergue (shelter) me niega. Enciendo la luz cuando llego de trabajar y me como mi sánduche allí adentro.


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