Por César Castro
La Prensa Gráfica El Salvador 20/09/2009
Hace 59 años Fidel Castro Ruz aún no tenía esa figura por la que será recordado, imponente, con la barba y el verde olivo de su traje militar. Hace 59 años, en el mes de julio, Fidel llegó a la Ciudad de México y entró a una de las tantas armerías que se anunciaban en el centro histórico. Entró a la que Antonio del Conde Pontones, un mexicano que nació en Nueva York, publicitaba dos veces por semana en los diarios de mayor circulación de la capital. El cubano, vestido de traje, preguntó al dueño, un tipo joven y calvo, de enormes gafas y ojos claros, por partes muy específicas de fusiles. Contrario a la lógica del vendedor, Antonio del Conde, que tenía la misma edad de Fidel (la tiene), no mostró la mercancía ni habló de precios; más bien, desde ese momento, fascinado por la presencia de un tipo desconocido, decidió prestar su ayuda.
La relación con Fidel Castro nació así, casi inexplicablemente. Fidel lo bautizó como el Cuate, el término usado en México para referirse a los conocidos cercanos, lo que en El Salvador sería “chero”, una lógica previamente usada con Ernesto Guevara, el Che. El Cuate, luego de un proceso de escrutinio, formó parte del grupo de cubanos que planeó la invasión a Cuba que terminaría con el triunfo de la revolución en 1959. Su papel fue trascendente: el mexicano donó un barco pequeño llamado Granma, en un principio inservible. El Granma, que ya se llamaba así, costó $20 mil. Era propiedad de una familia estadounidense de apellido Erikson que lo había bautizado así por la abuela: Granmother = Granma. Lo encontró mientras paseaba por Tuxpan, en Veracruz, y decidió comprarlo para la cacería. A bordo del Granma, Castro y 81 ocupantes más llegaron a Cuba en 1956 para comenzar la guerra. este nombre es tan simbólico en la historia que no es casualidad que el principal periódico cubano se llame así.
Curiosamente, el Cuate no formó parte de la expedición. Él lo explica en esta entrevista. Su trabajo fue nutrir de armas a la guerrilla desde Estados Unidos. Esa tarea lo llevó a una cárcel de Texas, en 1958. Estuvo preso 11 meses. Cuando pudo finalmente ir a Cuba, con Fidel Castro ya en el poder, el Cuate se incorporó en la naciente industria, junto al Che Guevara.
A 50 años de revolución, el Cuate aún muestra devoción por Fidel como el primer día. Lo ha visto, dice, cada vez que ha ido a Cuba. “Ya está mucho mejor”, comenta sobre el estado actual del líder cubano. Él, también con 83 años, tampoco va mal. Va un poco sordo, pero aún maneja motos.
¿Cómo era su vida antes de que Fidel Castro se le cruzara?
Estaba yo dedicado a los negocios que había heredado de mi padre. Era una vida un poco frívola; contaba yo con recursos económicos, tenía 30 años, ahora tengo 83, estaba joven y hacía mucho ejercicio, practicaba mucho deporte, sobre todo la cacería.
¿Qué sabía de Cuba en esos años?
Tiene que pensar que hace cincuenta años las comunicaciones no eran como ahora.
Ya había periódicos.
De Cuba no sabía nada, se sabía que llegaban boxeadores, bailarinas, conjuntos musicales. Las malas noticias no trascendían.
¿No estaba enterado, por ejemplo, de Fulgencio Batista?
Para nada, y además, en aquel tiempo, con un partido único en México que gobernaba, que ya tenía rato, era tonto esperar algún cambio en aquel tiempo. Para hablar a Cuba en aquel tiempo había que hablar vía Nueva York: México-Nueva York-Cuba. No había comunicación, nomás por barco, y se hacían cuatro o cinco días para llegar. Cuba, con nosotros, estaba totalmente aislada.
¿Qué fue entonces? ¿Destino o algo más lo que llevó a Fidel a su armería?
Pues si no es el destino es una ironía del destino porque había muchas armerías y él ya había visto otras. Pero creo que eran armerías más viejas. No era nada más que yo tenía armas más modernas sino también mi edad. La armería tenía años de estar establecida, pero yo tenía cinco años. Era nuevo. Un joven no se compara con una persona adulta, que atendían las otras.
¿Cómo fue ese primer diálogo?
Él se interesaba, al ver que los precios de las armas eran altos, él tuvo la idea de organizar, de armar armas. Me preguntó si yo tenía acciones de mecanismos, o sea, la parte mecánica de los fusiles. Yo las tenía, estaban ahí en la vitrina, estaban a la vista. Pero me llamó la atención que un joven bien vestido, extranjero, se interesara por partes de armas. Que no se interese por el resto del fusil, ¿dónde lo va a conseguir? ¿Para qué quería esas partes? En lugar de decirle “ahí están”, le dije: “Repítame su pregunta”.
¿Por qué lo hizo?
Necesitaba saber porque esas partes que él me pidió, porque eran de la mejor manufactura, eran belgas, pero había de diferentes características, diferentes medidas. Yo necesitaba que precisara más, además quería saber qué cañón le iba a poner. Le dije que me repitiera la pregunta y me la volvió a repetir. Me sorprendió por su determinación. Lo pasé a mi privado, había más clientes, y pensé que me diría algo más. Me repitió la pregunta. No le dije que sí tenía y que valían tanto, no, le contesté: “Mire, señor, yo no sé quién será usted, pero si usted quiere yo le ayudo”.
¿Se da cuenta de que no es normal reaccionar así?
¿Me habrá mandado un mensaje subliminal? Algo pasó: era extranjero, joven como yo, no sé. No me interesó venderle. ¿Qué iba a hacer únicamente con los mecanismos?
¿Cuál fue la reacción de Fidel?
Hablamos en términos generales de armas, del tipo de armas, de facilidades y las restricciones, de los precios, calidades. Él quería una parte y había que completarla. Hablamos un rato y se terminó la plática y él me dijo: “Yo le hablo por teléfono”.
¿Cuánto demoró la llamada?
Dos días más o menos. Nos citamos en un lugar y a él le interesaron fusiles económicos para practicar el tiro sin decirme más.
¿En qué momento le devela el motivo para comprar las armas?
Recuerdo que él era muy general en sus pláticas, sí se interesaba en saber quién era yo, cuáles eran mis actividades, pero el que realmente me dio a conocer la situación cubana fue el segundo de él: Juan Manuel Márquez. Esta persona era de mayor edad, una persona muy agradable. Él fue el que me informó de la situación cubana. Me empezó a platicar de la dictadura de Batista. Eso fue dos o tres meses después de conocer a Fidel.
¿Qué pensó de Cuba entonces?
Me sorprendió indudablemente. La dictadura mataba gente y se sostenía a base de crímenes. Él me hizo una relación con México e inmediatamente me descaré y dije que estaba dispuesto a seguir colaborando. Luego me acusarían de haber expuesto las relaciones de México con un país hermano, ya que México tenía relaciones con Batista. Eso motivó, luego, que me cancelaran la licencia de la armería.
¿En qué momento le dicen a usted que el grupo de Fidel pretendía montar una revolución en Cuba?
Para ellos informarme eso, para contar con mi ayuda, le pidieron a un compañero, Chuchú (Jesús) Reyes, que me vigilara. Un cubano también. Era para ver si efectivamente estaba yo dispuesto y posibilitado en ayudarlos. Yo lo tomé como un gesto natural, no pensé que esas fueran las intenciones de Chuchú. Era guagüero, autobusero, y se hizo mi amigo. En un momento dado él me dijo que me andaba vigilando y el comandante Fidel Castro le preguntó: “¿Garantizas con tu vida que Antonio, el Cuate, es de fiar?” Y Chuchú Reyes garantizó con su vida que podían contar conmigo. Ese fue el principio y entonces yo comencé a formar parte del grupo, del movimiento de expedicionarios. Ya empecé entonces a realizar trabajos, consciente de los objetivos: conseguir los mejores precios, presté mi casa para prácticas de tiro.
¿Cambió en algo su vida?
Cambió un poco porque yo tenía que cubrir las apariencias, pues yo tenía que seguir viviendo mi vida de forma normal para no despertar sospechas. Pero, al mismo tiempo, estaba obligado a cumplir los requisitos de Fidel Castro. Se me limitó el tiempo para mis frivolidades, que ya fueron muy limitadas. Tenía dos personalidades, dos vidas.
¿Su familia se enteró?
Se enteraron, mi madre se enteró. Nosotros somos muy católicos y me dijeron que ya no colaborara con los extranjeros porque no se sabía cuáles eran sus intenciones. Yo no decía nada, yo les decía que vendía armas al que me comprara y que no me interesaba qué harían con las armas. Mi madre se vio presionada por la familia y sí me afectó porque, como dije, soy católico, me sacaron de la iglesia y me excomulgaron.
¿Bajo qué argumento? ¿Por comunista?
No podían decir comunistas, sino que por juntarme con extranjeros que no se sabían cuáles eran sus intenciones. Indudablemente no eran muy buenas sus intenciones porque trabajaban en la clandestinidad.
Usted que estuvo con Fidel en esos años, ¿tenía claro ya su plan de invasión cuando estaba en México?
Él lo dice en su carta de despedida de Cuba antes de venir a México: “Ha llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos... de viajes como este no se regresan o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”.
¿Pero tenía claro un plan de invasión?
Sí. Tenían claro que necesitaban armas, el transporte y, sobre todo, recibir al contingente que iba participar en la invasión. Él tenía ese plan premeditado, pero yo lo ignoraba, me dedicaba a mi labor, a lo que me asignaban: armas, equipo, uniformes y en un momento el transporte.
Que es donde usted toma protagonismo en esta historia.
Primero se pensó en una lancha torpedera, pero no se pudo comprar, no lo permitieron que se comprara. También se pensó en un avión, pero no era operante, no era posible operar un avión. Entonces yo había comprado el yate Granma.
¿Ya era suyo antes de conocer a Fidel?
Ya. Lo había comprado en abonos, lo iba a arreglar poco a poco. Se había pensado en una lancha torpedera, le digo, porque yo recibía catálogos desde Estados Unidos y se había pensado en esta lancha y hubiera servido. Esa lancha pensé que serviría por las características. El yate Granma estaba en Santiago de la Peña, en Tuxpan, Veracruz. Lo había comprado no solo usado sino que inservible. Lo compré para mi uso.
¿Cuánto le costó?
$20 mil. Di $10 mil y lo empecé a arreglar para pagar el resto de los $10 mil después. En una ocasión se me ocurrió ir a probar unas armas a Veracruz. Las probamos y de regreso me vuelvo y le digo al comandante Fidel que “ahorita regresaba”, pues iba a ver si el trabajador estaba arreglando el barco. Yo iba cada ocho días. Pero resulta que “ahorita” en Cuba significa que “a saber cuándo”, lo contrario a México.
En Cuba se dice “ahora”. Le digo al comandante “ahorita vengo” y él pensó que me iba a estar tres, cuatro horas a saber a dónde y entonces me sigue. Yo estaba revisando el barco, se le cambió la quilla y me pregunta el comandante: “¿Y ese barco?” Yo le dije que lo había comprado dos o tres meses atrás. Ese barco lo había visto y pensé que me podía servir. Era pequeño, medía 63 pies de eslora, unos veinte metros.
Entonces me dice textualmente: “Si usted me arregla ese barco en ese barco me voy a Cuba”. Entonces le digo que el barco no sirve, estábamos a mediados del 56, ya tenía un año colaborando con él, que para arreglar ese barco se necesitan meses y nada más me repite, pero más despacio: “Si usted me arregla ese barco en ese barco me voy a Cuba”. Entonces pensé “se jodió mi barco”, y yo ya recibía órdenes de él, estaba sujeto a la disciplina de los expedicionarios, y a arreglar el barco a marcha forzada.
¿Tuvo que poner plata de su bolsillo para arreglar el barco?
Sí, indudablemente que cuando el comandante Fidel se fue de México, se fue debiéndome $10 mil. Las cuentas siempre estaban en rojo, él estaba sobregirado.
¿Se los pagó?
Me los pagó en Cuba. Claro. El general Raúl Castro, en dos o tres ocasiones, me ha dicho en público, en amigos, “oye, te debemos dinero”. Y yo: “No, señor, ya me pagaron”. El general Castro es muy folclórico.
¿Por qué Fidel no quiso que usted lo acompañara en el Granma en su viaje a Cuba?
De momento no lo pensé, de momento nada más cumplí la orden: “Usted no va, me será más útil fuera de Cuba que un soldado en la sierra”. Yo me consideraba un buen soldado, además de tener condiciones tenía práctica en el tiro. Me quedé frío, quince días antes, que no iba. Pero ya con el tiempo he pensado que mi condición política no era la mejor.
¿A qué se refiere con condición política?
Ellos tenían un entrenamiento físico-militar y también político. Una instrucción política, no ser un mercenario, nada más un patriota; no ser un cubano sino ser un libertador. No había recibido entrenamiento político.
¿No había leído nada de marxismo, por ejemplo?
Nada, ni de revolución. Yo hablaba de cacerías y de armas, esa era la vida frívola que tenía uno aquí en México y no le interesaba nada más. Creo que consciente el comandante me dijo que le sería más útil fuera de Cuba.
¿Cuánto tardó Fidel en bautizarlo como el Cuate?
Muy al principio. Si no el segundo pues fue el tercer día de conocernos. Fui el Cuate para que Antonio del Conde no se conociera en los ámbitos cubanos. Era para mi protección. Él no Fidel Castro; era Alejandro. En un principio no sabía su verdadero nombre.
Triunfa la revolución, ¿cuándo fue a Cuba?
Cinco meses después. Estaba yo preso en Estados Unidos por mandar armas a Cuba. Yo bajaba las armas a Miami. Ayudábamos todo lo que podíamos. Seguíamos trabajando con la hermana de Fidel, Eva Castro. Vendíamos afiches y calcomanías de Fidel para ganar dinero. Nos contactábamos con Nueva York donde había un club muy fuerte y se juntaba dinero y entonces iba a Estados Unidos, compraba las armas y las bajaba a Miami. A mí me tocaba las armas y los cartuchos. Me meten preso, me cogen con un cargamento de armas. “Detenido por transportar armas destinadas al rebelde cubano Fidel Castro”, se leyó en los periódicos.
¿Cuánto tiempo estuvo preso?
Once meses y me sacó él, Fidel. Me mandó una carta a la cárcel y la recibió el inspector de la cárcel. Iba a Nueva York e hizo una parada en Houston para irme a ver, pero no le permiten. Salgo a finales de abril, deportado, pues aunque nací en Nueva York siempre usé pasaporte mexicano. Salgo de la cárcel, pernocto una noche en México y luego me voy a Cuba el 1.º de mayo de 1959.
¿Qué hizo en esos cinco años en Cuba?
En primer lugar fui delegado de Fidel, como un ministro sin cartera. Despachaba con él, hice viaje al extranjero, me encargué de la industria. Y ya que se formó el departamento de industrialización, que lo dirigió el comandante Guevara (el Che), entonces pasé a ser su asesor por dos años. Siempre ligado a Fidel, pero trabajando con el comandante.
¿Qué hacía con el Che?
Aprendimos a ser puntuales, aprendimos a trabajar, a ser ordenados. Era muy capaz, es fácil entenderse: médico y enfermo y ya se da cuenta de que es un hombre con una disciplina férrea y que se transmite.
Usted estaba en Cuba cuando el Che decide irse y seguir su oleada de revoluciones, ¿cómo se explicó en Cuba esa decisión?
Usted no se mete en asuntos que no le corresponde, usted se dedica a su trabajo, usted no hace política. Usted es un revolucionario que trabaja físicamente, está aportando todos sus esfuerzos para que la revolución cumpla sus objetivos. Si a usted no le asignan que ande con el comandante Guevara usted ignora al comandante Guevara. A mí se me ordenó colaborar con él y colaboré con él.
Han pasado cincuenta años, ¿dónde queda la revolución ahora?
Ha evolucionado. La revolución es revolución y revolucionó todo. Y lo sigue haciendo, se ha adaptado a los nuevos cambios, evidentemente que ha habido cambios: computadoras, internet, celulares.
Pero eso ha sido muy reciente, ya con Raúl Castro en el poder.
El comandante Fidel Castro le tocó la parte difícil, la parte del cambio. Llevó la revolución hasta el último día, hasta antes de que tuvo el problema en el colon. Entra el general Raúl Castro y la presión que existía sobre el pueblo cubano, ya no estando el comandante Fidel al frente, cediéndole el lugar al general Raúl Castro, tiene que bajar esa presión.
¿Una presión desde el pueblo cubano hacia sus gobernantes?
Es una presión en cierta forma hacia el pueblo cubano. Esos cambios, aunque fue en su beneficio, un cambio no es fácil y se requiere sacrificios. Todos esos 50 años del comandante Fidel fueron un poco duros, dio fruto, se obtuvieron muchos logros. Con el general Raúl la presión ha sido menor y ha evolucionado Cuba al parejo del mundo, no al mismo nivel porque Cuba es un país muy chico.
En el caso de Cuba, ¿vale la pena sacrificar la individualidad en beneficio de revolución?
Sí, por muchos motivos. Cuba es un país reconocido y sobre todo un cubano tiene un país. Hay tarjeta de racionamiento, lo sabemos, pero no se padece el hambre.
¿Pero dónde queda el derecho a decidir lo que puedo o no puedo hacer?
En el 99% de los casos usted no está capacitado para tomar decisiones. No obstante el nivel cultural del pueblo cubano es muy elevado muchas veces no está usted capacitado para tomar decisiones propias y necesita usted una orientación. Si usted lo dice porque hay un solo partido...
No únicamente, me refiero a todos los aspectos de la vida.
Esos que no deciden si tienen representantes. La migración mundial es de millones. La etapa imperialista trata de que haya sobrepoblaciones para tener mano de obra barata y poder hacer crecer su imperio. En Cuba eso no pasa porque les limitan a usted los viajes, el mudarse de un lugar a otro para que no suceda eso, para que no vaya en detrimento de la mano de obra. Que hay personas que en lugar de trabajar quieren viajar, sí, pero va a usted a abandonar sus obligaciones.
¿No es legítimo que alguien tenga esas aspiraciones?
Sí, es legítimo y lo puede usted lograr, y puede usted lograr cumplir con sus aspiraciones, nomás que tiene que pensar bien en no huir, no dejar atrás todo.
¿Se sigue viendo con Fidel?
Sí, claro.
¿Cómo es su relación?
Una de las características de Fidel Castro es que tiene una memoria increíble. Todo el tiempo, constantemente, está estudiando. Usted utiliza el siete u ocho por ciento de su cerebro, yo el cuatro por ciento, él usaba el 15 o el 20 por ciento.
¿De qué hablan cuando se encuentran?
Él no se olvida de nada, además pasó siete u ocho días en ese barco y él lo reconoce: que el barco es parte de él, parte de su vida. Fueron ocho días duros de una aventura. El barco iba sobrecargado, con mal tiempo, un motor falló. Era un barco para ocho personas e iban 82. Yo acomodé a las 82 personas.
¿Ha vuelto a ver el barco en Cuba?
Sí, cada vez que voy lo veo. Hay dos réplicas, el original voy a ver cómo está. Y es mi barco. Yo lo doné por órdenes del comandante Fidel Castro a la marina revolucionaria.